Cuando la directora de la escuela lo llamó para entregarle el diploma, su mamá rompió en llanto. Tuvo que pedir que le presten papelitos descartables porque su pañuelo ya estaba empapado. Delante de ella pasaba su hijo, su orgullo, Lucas, que a paso firme iba en busca de su diploma que indicaba que había terminado la primaria. Pero la historia de este chico de 12 años no es como la de cualquiera, está basada en el valor y el esfuerzo: de los siete años que dura esa etapa escolar, seis los vivió en la calle.

De los miles y miles de nenes que todos los días se ponen su guardapolvo blanco y preparan la mochila para ir a la escuela, existe uno que luchó contra todo. A pesar de no tener una casa, con una mesa y silla para poder estudiar, Lucas Cesio derribó cada uno de los obstáculos que se le pusieron en su camino y hoy con sólo 12 años es un ejemplo de esfuerzo.

Cuando Lucas tenía cinco años, él, su mamá y sus dos hermanos quedaron en la calle por un problema económico. A partir de ahí todo empeoró, la madre, Marisa de 34 años, no tenía trabajo y no podía alimentar como quería a sus hijos, pero había sólo una cosa que para ella era primordial: la educación. No podía permitir que ninguno de sus hijos dejara de estudiar.

Los primeros años las noches las pasaban en la Plaza Éxodo Jujeño, en el barrio de Villa Urquiza, a pocas cuadras de la escuela Número 5 “Enrique de Vedia”, donde estudiaba. Todas las mañanas era lo mismo: primero iban hasta una estación de servicio donde les prestaban el baño para que se higienizaran, luego empezaban a caminar y recorrían panaderías, heladerías o pizzerías en las que les daban algo para comer, si es que había: “Con mi familia no pedíamos plata, lo único que queríamos era lo que les sobrara para poder comer. Si nos querían dar dinero les decíamos que no, que preferíamos una empanada”.

A veces el día no era el mejor y Lucas tenía que ir al colegio con el estómago vacío, pero siempre llegaba con la tarea terminada. La hacía abajo de un tubo de luz sentado en el cantero de un árbol u oculto bajo el techo de alguna casa los días de lluvia.No podía consultar las respuestas en Internet y su “Google” era lo que anotaba en clase o lo que su madre recordaba.

Una noche en el que el cielo de Buenos Aires se pintó de gris y una tormenta feroz cayó sobre la ciudad, un vecino solidario se acercó a ellos y les dio las llaves de su auto, un Peugeot 505 color champagne, para que se portejan del agua y el frío: “Dormíamos como podíamos, me acuerdo que a veces me tenía que bajar del coche en la noche para estirar las piernas porque se me dormían y me dolían. Pero estar en el auto era mejor que en la calle porque ahí tenía miedo de que alguien nos robara o me raptaran”.

Mientras tanto en la escuela todos conocían de su situación y eran los mismos compañeros quienes a veces lo invitaban a comer a la casa o le llevaban ropa, pero no había diferencias a la hora de los exámenes o entrega de trabajos prácticos. “Lo único que admito es que de vez en cuando me sentaba en el último banco y me quedaba dormido, yo no quería pero estaba muy cansado”, recuerda Lucas.

A principios de este año Marisa consiguió que le dieran una casilla en Florencio Varela, pero el chico quería terminar el colegio con sus mismos compañeros, asique para llegar tenía que tomarse un tren, dos colectivos y el subte. Todos los días se levantaba a las 4 de la mañana para poder entrar en horario a la escuela, donde lo recibían con un café con leche y galletitas. “Las quiero mucho a mis maestras porque son como mi mamá, me cuidan y me escuchan. Gracias a ellas yo aprendí todo, aunque ahora en el secundario tengo que mejorar con matemática porque es lo que más me cuesta”.

Sabe que esta nueva etapa no será fácil, como tampoco lo fue antes, pero asegura que nunca bajará los brazos: “Me gusta estudiar, lo disfruto y aprendo. Es importante para poder ser alguien en la vida. A los chicos que no estudian les diría que sí lo hagan porque es una de las cosas más importantes que tenemos y con la que podemos cumplir nuestros sueños”.
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