Ganador de un Oscar por Toy Story 3, el director afrontó el largo trabajo de la nueva película del estudio sin temores a que lo acusaran de ser “demasiado intenso” para los chicos. “Toda esa noción de los chicos versus los adultos viendo la película es interesante”, dice.
“Hacemos películas que tienen algunas cositas emocionales”, dice el director Lee Unkrich, uno de los narradores de la primera hora de Pixar. Quizá sea una de las declaraciones menos reveladoras del siglo, pero es así. Como antiguo miembro del equipo creativo del estudio de animación, Unkrich fue codirector de películas tan destacadas como Toy Story 2, Buscando a Nemo y Monsters. Inc, lo cual lo colocó en una posición inmejorable para guiar al público a través de la conclusión de la historia de Andy en Toy Story 3, la secuela de 2010. Su trabajo le terminó valiendo un Oscar de la Academia de Hollywood a la Mejor Película Animada.

Pero en estos días Unkrich es protagonista por la soberbia Coco, el bellísimo retrato del Día de los Muertos ya en cartelera que sigue a Miguel, un chico de 12 años que se encuentra con varias generaciones de sus antepasados luego de ser transportado al otro mundo. Un viaje que va revelando esclarecedores secretos de su historia familiar. Coco aparece bien alto en la lista de los más grandes logros de Pixar hasta la fecha; puede ubicarse con tranquilidad junto a Toy Story 3 y los primeros diez minutos de Up en los escalones de alta emoción reforzados por la noción profunda que descansa en el corazón de esas películas: la “muerte final”, morir en la “otra vida” si se es olvidado por los quedaron en esta. Unkrich revela que Coco –que llevó seis años de producción– comenzó su camino como algo muy diferente, que se fue modificando cuando él asumió esta filosofía: algo más cercano a lo que podría esperarse de una pesadilla de David Lynch antes que una gloriosa historia de Pixar.



“En los comienzos de nuestra investigación nos encontramos con esta noción de la ‘muerte final’, la idea de que podés morir y podés morir nuevamente cuando ya no queda nadie que te recuerde”, dice el realizador. “En el momento pensamos que era una idea conmovedora y que era algo que de algún modo queríamos meter en la película, pero después de cierto tiempo llegamos a la conclusión de que era más que eso: era la idea central de la película, que necesitábamos que se permeara a todo lo demás”.

Los temas que prevalecen en Coco son quizás los más extraños para un film dirigido a toda la familia. Una especie de guía con mucho tacto para lidiar con la muerte inminente e inevitable, bien encapsulada en su canción principal, “Remember me” (“Recuérdame”). Escrita por el dúo de marido y mujer Robert López y Kristen Anderson-López –cuyos créditos incluyen comedias musicales como Avenue Q, The Book of Mormon y el megaéxito de Disney Frozen–, con la voz invitada de Natalia Lafourcade, la canción tiene tal efecto que simplemente toda la película no tendría el mismo peso si no la incluyera.

“A través del tiempo fueron cambiando muchas cosas, pero todo eso se mantuvo”, señala ahora Unkrich. Otro factor vital en el éxito de la película es la misma Coco, la anciana abuela de Miguel que pasa todo el metraje sentada inmóvil en su silla mientras su familia lleva a cabo sus tareas cotidianas alrededor de ella. Convertida en el silencioso corazón de la historia –sin mencionar que es la fuente de las motivaciones de su nieto–, los animadores se enfrentaron a la tarea de insuflar vida en el personaje en sus últimas etapas. “Quería que ella fuera muy, muy vieja, pero de una manera creíble”, explica Unkrich. “El codirector Matt Aldrich, nuestro primer guionista, describió en el primer libro a la abuela Coco como ‘una pasa viviente’. Siempre me encantó esa figura. Quería que su rostro fuera como un mapa de carretera de su larga vida, pero al mismo tiempo también quería que se sintiera como si estuviera casi regresada a ser una niña otra vez. Por eso le pusimos las trenzas.”

Algunos podrían cuestionar –de manera injusta– lo apropiado de la película para los niños, con los espectadores de algún modo convertidos en inconscientes marionetas a la merced emocional de Pixar. El argumento no resulta extraño a Unkrich, que tuvo una especie de iluminación al terminar su experiencia con Toy Story 3. “Toda esa noción de los chicos versus los adultos viendo la película es interesante. Algunos amigos me dijeron que Toy Story 3 era demasiado intensa para los niños, pero creo que lo que realmente estaba sucediendo es que sus hijos estaban sintiendo fuertes emociones, y los padres naturalmente quieren proteger a sus hijos de tener esos sentimientos. Pero la realidad es que los chicos no tienen una sensación de su propia mortalidad –o al menos la mayoría de los niños no la tienen–, con lo que podían ver esa escena al final de Toy Story 3 a través de ojos muy diferentes, con una visión muy distinta a la que tenían sus padres”. El director hace una pausa antes de admitir que “a pesar de eso, escuché sobre muchas y sorprendentes historias de chicos llorando con Coco. A fin de cuentas, nosotros no hacemos películas para chicos, hacemos películas para todo el mundo, para los adultos y para nosotros mismos. Sólo nos aseguramos de que sean apropiadas para los chicos.”

La mencionada Toy Story 3 resume el punto de excelente manera: una secuela que se presentaba como una película para chicos, pero que en realidad es una recompensa madurada en quince años, dirigida a los estudiantes veinteañeros rumbo a la universidad que eran niños en el momento en que se estrenó la primera película de la serie, en 1995. Unkrich recordó especialmente la memorable y emocionante escena final cuando estaba escribiendo el emotivo climax de Coco. “La primera vez que le puse música al final de Toy Story 3, cuando Andy le entrega sus juguetes a Bonnie, se me llenaron los ojos de lágrimas. Lo mismo me sucedió cuando monté la escena en el final de Coco, y solo era el formato de storyboard (sin necesidad de entrar en spoilers: se recomienda llevar pañuelos de papel al cine). Definitivamente, fue algo que me emocionó mucho, aun cuando todavía no estábamos en la etapa de usar actores reales”, señala. “Me tuve que agarrar a eso, porque aún iban a pasar años antes de que realmente nos pusiéramos a animar esa escena; tuve que recordar lo que me había afectado emocionalmente, y no caer en la trampa de querer cambiarlo”.

Unkrich tiene firmes esperanzas de que Coco seguirá siendo vista de manera similar a través de diferentes lentes con cada año que pase, muy a la manera de una de las películas personalmente favoritas del director. “Realmente amo Parenthood, de Ron Howard (Todo en familia, protagonizada por Steve Martin, Mary Steenburgen y Jason Robards en 1989). La vi por primera vez cuando estaba en la escuela, y de alguna manera me sentí relacionado con algunos de los personajes. Pero a medida que crecía y tenía mis propios hijos, mi mujer y yo seguimos volviendo a ella, y cada vez que la vemos es como una película completamente diferente. Progresivamente, nos fuimos alineando con los personajes más grandes. Es una película que nos sigue dando cosas. Yo espero que Coco sea una de esas”.

¿Y qué hay sobre el mismo Unkrich? Para alguien que ha hecho vertir incontables lágrimas de personas en todo el mundo, él está muy lejos de estar hecho de piedra. “En realidad hay muy pocas películas que me hayan hecho llorar, pero hubo algunas que me dejaron hecho un guiñapo. Una de ellas fue El árbol de la vida, de Terence Malick. Por alguna razón, fue una película que me afectó mucho, mucho. También Lo imposible, la película sobre el tsunami de 2004, me destrozó; me afectó tener una familia y preguntarme qué haría en una situación así. Y no hace mucho vi algo llamado Short Term 12 que me afectó por ciertas razones personales. Esas son tres películas en las que puedo pensar y en las que terminé derramando una buena cantidad de líquido”.

¿Y cuál película de Pixar señalaría Unkrich como la más triste? “Recuerdo cuando estábamos haciendo Un gran dinosaurio, en la que hay toda una escena muy bella hacia el final de la película, cuando Spot tiene que decirle adiós a Arlo antes de irse con su nueva familia. Realmente amé esa escena. Me encantó el tiempo que tomó ir desarrollándola, hacer que la emoción se fuera construyendo lentamente hasta llegar allí. Y creo que es algo que podría aplicarse a todo Pixar.”
Axact

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